lunes, 10 de octubre de 2011

Una noche en la Plaza de la Libertad: OccupyWallStreet, día 22.


El fin de una generación apática, sin esperanza en el futuro y mucho menos en su destino político, podría estar a la vuelta de la esquina. Día 22 de la ocupación de Wall Street. 
Escrito por Alvaro Corzo para ElEspectador.com. 

Son la 5:50 de la tarde en la ciudad de Nueva York, el cielo encapotado augura una noche mojada y pasada por frío. Sin embargo, como en una especie de procesión religiosa, centenares de personas de toda escuela política, augurio social y linaje cultural, llegan al bajo Manhattan sacudidos por el rumor de que un laboratorio de sociedad, en el cual todos y cada uno de ellos tiene voz y voto, se está cocinando.
“Para muchos pensar en que se puede corregir el sistema es una utopía, pero para los que estamos aquí, herejía total sería no morir en el intento”, dice Evan Mallony, quien llegó a Zuccotti Park el pasado 17 de septiembre, cuando cerca de dos mil “indignados” se tomaron la catedral financiera de occidente con el objetivo de ocuparla hasta que se escuchen sus demandas. “Si no rompemos los vínculos entre el sector financiero y la élite política de este país estamos destinados a vivir como esclavos”, añade el estudiante de 28 años, quien desde ese día ha hecho de este nido de resistencia, bautizado la Plaza de la Libertad, su propia casa.
Anclada entre la Zona Cero y la bolsa de Nueva York, y rodeada por poderosos bastiones de concreto de más de 30 pisos donde se anidan las corporaciones que vienen a combatir, la alameda de más de 6.000 metros cuadrados se ha convertido en estas tres semanas, ante la incredulidad general y la fuerte presencia policial, en todo un complejo caserío gitano.
“Comenzamos recogiendo comida desechada por restaurantes, hoy recibimos miles de dólares en donación. Pizzas, pasta, pescado, galletas, frutas, leche, agua. En una noche como hoy fácilmente damos de comer a más de 800 personas”, asegura Jane, con una sonrisa esperanzadora, mientras descansa sobre una de las largas bancas de mármol color vino tinto que sirven de comedor.
La fila serpentea la plaza de forma ordenada, mientras en la cola conversaciones espontáneas entre extraños se debaten sobre el estado del país. “No hay que ser ciego para entender que el sistema está roto, mientras los bancos que nos sumieron en la crisis siguen recibiendo millonarios dividendos, en este país se han perdido más de treinta millones de empleos, otros veinte millones han perdido su cobertura de salud, para no hablar de que hoy uno de cada siete americanos vive bajo la línea de la pobreza”, dice uno de ellos.
Son las siete de la noche y, mientras la gente se aglomera en el costado este de la Plaza para el comienzo de la asamblea general, termino mi ensalada de atún conversando con un profesor de filosofía de Columbia University. “Además de que se depure el sistema debemos reformular el sentido de riqueza que tenemos como sociedad. En el momento en que encontremos la felicidad por fuera del consumo dejaremos la ansiedad por acumular más y más”.
“Mic Check” grita uno de los tantos indignados dando inicio a la asamblea, asegurando de paso que el centenar de personas que lo escuchan repitan sus palabras. Lo llaman el micrófono del pueblo. Por su parte, una extensa lista marca el orden de las personas que se inscribieron para dirigirse allí. Cada propuesta es escuchada. Señas con la manos permiten que las decisiones se tomen de forma dinámica y democrática. “Cuando el interés general reina no puede haber otra forma de entendernos. Nosotros somos el 99%, ¡la mayoría!”, explica Ted, uno de las facilitadores de la asamblea de esa noche.
A escasos pasos de allí, decenas de computadores rodeados por cables, generadores eléctricos, parasoles e improvisadas sillas registran segundo a segundo lo que pasa. Al igual que sucedió en Madrid, una de las prioridades del movimiento es transmitir en vivo las 24 horas todo lo que ocurre y se discute dentro de la ocupación.
Boletines sobre los avances de los comités y de la asamblea general son constantemente actualizados en el portal oficial, occupywallst.org. Por su parte, decenas de voluntarios, fotógrafos, editores, diseñadores gráficos y profesores documentan todo lo que allí ocurre poniéndolo inmediatamente a disposición del mundo entero. “No cabe duda de que si no fuera por nosotros, esta revolución no sería televisada”, explica Patrick Bruner, al referirse al constante saboteo de muchos medios de comunicación locales que los tildan de desubicados e indecisos.
“Estamos recobrando nuestra voz política, tratando de acabar con la apatía que nos tiene muertos. Por eso nos tratan de dividir exigiéndonos demandas únicas. Somos una revolución inclusiva, donde todos tienen que proponer y eso toma tiempo”, añade. Al terminar la asamblea, la Plaza se divide en pequeños mítines de personas que se agrupan por temas tan variados como: reforma electoral, pena de muerte, la responsabilidad de la reserva federal en la crisis, explotación laboral, especulación bancaria. Allí las propuestas son muchas. Desde revocar la noción de sujetos de derecho a las corporaciones, cobrar impuestos a las transacciones bursátiles y de cambio de divisas, nacionalizar los bancos, poner límite a las donaciones corporativas a las campañas políticas, regular el mercado y hasta socializar la medicina son parte del menú de este experimento.
Entre tanto, comités, como el de salud, alimento, agenda, medios, apoyo legal, entre otros, se dividen en la multitud invitando a todos aquellos a participar en ellos. Allí, en el centro del ágora del pueblo, posados bajo el frío piso de piedra, se decide sobre la sostenibilidad de la ocupación. “Al día de hoy hemos conseguido US$6 mil en donaciones, sin embargo, necesitamos más dinero para comprar dos generadores eléctricos, así como para imprimir el segundo ejemplar de nuestro periódico, The Occupied Wall Street Journal, dice Adam, durante el mitin de presupuesto.
Mientras tanto, tambores, trompetas y guitarras forman círculos donde la gente combate el frío bailando. Abrazos y señales de euforia se comparten sin reserva alguna de la heterogeneidad de la concurrencia. Voluntarios reparten té y agua a los diferentes grupos esparcidos por toda la Plaza de la Libertad. Restaurantes y tiendas aledañas unidas en solidaridad prestan sus baños, así como sus instalaciones, en tiempo de lluvia.
En la biblioteca, en la entrada de la Plaza, justo en frente de las cerca de diez tanquetas policiales que se posan a diario, se puede encontrar un centenar de libros como Culture Jammer, obra embrionaria del movimiento antisistema, el cual comparte el improvisado anaquel de cartón con el último libro sobre la reforma de salud de Obama, el costo social de la guerra de Irak, el manual de la economía de la solidaridad, entre otros. “No hay duda, la información sin censura es la mejor herramienta de revolución, cada día llegan más y más libros, dice Emily Blanty, encargada temporal del centro de lectura.
Llegan las 11 de la noche y el frío pega sin clemencia. La multitud comienza a decrecer un poco, sin embargo, el espíritu sigue igual de vivo en los pequeños círculos donde se reparten cigarrillos y galletas para acompañar estas liturgias en medio de canciones llenas de esperanza de que por fin el sol se levante para la mayoría de ellos. “Soy William Carseole, vengo de Chicago y estoy aquí porque tengo una deuda estudiantil de US$56 mil, llevo un año sin empleo y mis padres podrían perder su casa por esta razón”.
“Cómo es posible que mientras arrestan a más de novecientos de nosotros, que hemos venido a protestar pacíficamente en contra de la corrupción del sistema, ninguno de los presidentes de estos bancos que amasaron el mayor fraude de la historia hayan pasado un solo día en prisión”, dice Hiro, mientras frota una pomada en sus muñecas, después de haber estado por más de seis horas esposado. “La solidaridad mundial crece día a día al ver el tipo de brutalidad policial a la cual estamos sometidos, supuestamente en el lugar más democrático del planeta”, comenta el estudiante de 23 años, al recordar el incidente en el que la policía roció indiscriminadamente a gente indefensa con gas pimienta.
Hoy, luego de 22 días de ocupación, de la solidaridad de 20 de los sindicatos más grandes de Estados Unidos y de diversos sectores de la academia, la ocupación de Wall Street comienza a replicarse con fuerza en otras ciudades. “Porque no se trata de si usted es rico, pobre, mujer, homosexual, residente, inmigrante, gringo, ruso o peruano, esta es una lucha del 99% por desterrar el cáncer del interés corporativo de nuestra sociedad”, dice Ted envuelto en cobijas a las 4 de la mañana cuando el termómetro marca los 8 grados centígrados y el frío cala los huesos. “Mañana será otro día para mostrar nuestro descontento. Para dejar claro que cuando los de abajo se mueven, inevitablemente los de arriba se caen”.
El crecimiento de la indignación
El comienzo de la protesta
Las protestas se iniciaron en Wall Street el 17 de septiembre, cuando un grupo de protestantes se instalaron en una plaza a 300 metros de la Bolsa de Nueva York. Sus consignas rechazaban la corrupción, el desempleo del país (9%), los recortes al presupuesto y el privilegio de los bancos.
Ocupar, una filosofía
Actualmente, grupos de alrededor de 300 ciudades de los Estados Unidos se unieron a la protesta, ocupando plazas públicas y difundiendo mensajes de indignación. En Washington, los manifestantes se instalaron en la Plaza de la Libertad.
Suma de adeptos
El movimiento se autodenominó Occupy Wall Street (Ocupar Wall Street) y logró aglutinar a 20.000 personas en una marcha realizada el jueves por las calles de Manhattan y comenzó a despertar la solidaridad en otras ciudades del país.
Obama comprensivo
En una alocución televisada, el presidente estadounidense, Barack Obama, aseguró que las manifestaciones “dan voz a una frustración del más amplio espectro sobre el funcionamiento de nuestro sistema financiero” y comprendió las intenciones de las protestas. Sin embargo, invitó a los indignados a no agravar la situación, haciendo referencia a una posible huelga de los sindicatos.


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